Hoy cumple 85 años mi padre y ayer lo celebramos en la intimidad que una familia escasa de miembros puede ofrecer, o sea toda. Fue un día sencillo, pero con emoción. Yo suelo vivirlo hacia dentro, sin expresar lo que otras veces no sé contener, pero que jamás exteriorizo delante de mis padres; yo sé porqué, con ellos siempre he dado la apariencia de lo que no era, un niño fuerte a pesar de ser hijo único, un estudiante mediocre a pesar de mis cualidades. Todo al contrario de lo que era, porque alguna cosa despertaba mi rebeldía, pero de eso hoy no trataré. En la madurez también. Soy consciente de que no convendría flojear ante ellos que han visto pasar la vida ante sus ojos y cada día nuevo lo cuentan como una victoria contra el calendario.
Hace poco leí que Clint Eastwood dijo que, a los 96 años, el cuerpo deja de ser un aliado. Que la luz molesta, que respirar requiere esfuerzo y que cada paso necesita decisión. Pero, aunque eso sea cierto, apenas describe la superficie de la realidad. Lo más difícil de envejecer no es el dolor físico. Es mirar alrededor y descubrir que la mayoría de las personas que compartieron tu juventud, tus sueños, tus alegrías y tus batallas ya no están. Ese es el talón de Aquiles de mi padre, es de los últimos que está quedando y ve cómo se están yendo al ático todos sus amigos, los conocidos, los vecinos y los que formaron su vida durante casi noventa años. El círculo se hace cada vez más pequeño. El teléfono suena menos. Los días se vuelven más silenciosos y la herida más profunda no está en su próstata o en su vejiga. Está en sentir que ya casi nadie tiene tiempo para escucharte y ese es mi fallo continuo y también el de su nieta. Estamos escatimando en paciencia y tiempo de calidad con quien nos dio todos los años de su vida.
Por eso muchos mayores repiten las mismas historietas. No lo hacen para aburrir ni para llamar la atención. Lo hacen porque, al contarlas, vuelven por un instante a un tiempo en el que se sentían útiles, fuertes, amados y necesarios. Cada recuerdo es una forma de seguir perteneciendo, una manera de seguir más activos incluso que vivos.
Vivimos en una sociedad que celebra vivir muchos años, pero pocas veces se pregunta cómo viven esos años quienes llegan a la vejez. Aplaudimos la longevidad, mientras muchas personas mayores conviven con una soledad que casi nadie ve.
No importa si las palabras del principio de este texto las dijo Clint Eastwood o cualquier otro. Lo importante es que esta realidad existe. Está en el abuelo que vive a la vuelta de tu casa, en esa tía que almuerza sola, en el vecino que espera una conversación o en el jubilado que comparte tu mesa familiar. Cada uno de ellos es una biblioteca viva. Un libro lleno de experiencias que ningún buscador de internet puede reemplazar.
Cuando dejas de perder el tiempo con el móvil y, haces una pausa para escucharle, en el fondo y en la forma como le gusta decir a mi padre, ocurre algo extraordinario: no solo honro su historia, también enriquezco la mía. Porque las arrugas no son simplemente marcas del tiempo, son la prueba de una vida vivida y quien tiene el privilegio de escucharla, también aprende a vivir un poco mejor la vida.

