La mayor lección que aprendí en lo poco que llevamos de año es que no importa cuánto te entregues, cuánto te duela o cuánto legal seas con los demás, eso nunca garantizará que serán bondadosos ni justos contigo. Muchas veces las personas no se lo piensan dos veces antes de darte la espalda y sacarte de sus prioridades. Eso puede doler, pero también enseña. He descubierto que el silencio puede ser más sabio que todas las palabras del diccionario y que no vale la pena que manifieste mis pensamientos al respecto, para qué. He aprendido que mi paz interior vale más que ganar una discusión. Tengo clarísimo que cuidarme no es egoísmo, sino una necesidad vital. No pude controlar lo que hicieron conmigo ni lo que piensan ahora de mí, pero sí puedo decidir cómo reaccionar. Tal vez la lección más valiosa sea que todo pasa. Pasa el dolor, pasa el disgusto, la decepción, pasa la nostalgia. Lo que permanece es la fuerza que nace de cada caída y la sabiduría que deja cada experiencia. Al final, incluso en los días más difíciles, la vida nunca deja de guiarnos y recordarnos que cada instante, con todo lo que trae, es una oportunidad para agradecerle a Dios y seguir confiando en lo que está por venir.
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